Mauro Silva, el primer pase de las grandes noches del Dépor

Ilustración editorial.

El brasileño estudiaba al rival para anticiparse al control, recuperar la pelota y encontrar cuanto antes a Fran, Djalminha o Valerón. Durante trece temporadas, esa secuencia sostuvo a un Deportivo que pasó de pelear por la permanencia a conquistar la Liga y discutirle al Milan su corona europea.

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Mauro Silva pedía a Djalminha, Valerón y Fran que no retrocedieran demasiado para ayudarle. Quería recuperar el balón y encontrarlos pronto, en una posición desde la que pudieran iniciar el ataque. Así explicó su oficio en una charla con Maldini: anticiparse al adversario y dar continuidad a la jugada antes de que el rival se organizara.

En un equipo con tantos futbolistas capaces de inventar el último pase, él se ocupaba de que la pelota llegara hasta ellos. Su trabajo empezaba antes de la entrada: estudiar los controles, reconocer los regates más habituales y elegir dónde colocarse. La recuperación tenía un propósito ofensivo. El Deportivo podía defender y empezar a atacar en la misma acción.

La llegada con Bebeto en el verano del 1992

Procedía del Bragantino y ya era internacional brasileño cuando aterrizó en A Coruña. El club acababa de conservar la categoría en la promoción frente al Betis. Aquel verano incorporó también a Bebeto. Dos futbolistas de la selección de Brasil se sumaban a un equipo que venía de sufrir para seguir en Primera.

Para el centrocampista, llegar junto al delantero facilitó la adaptación. Arsenio Iglesias aportó el otro apoyo decisivo: se preocupaba por sus familias y por la vida fuera del vestuario. Mauro recordaría ese trato como el de un padre. La confianza tenía un efecto práctico en dos jugadores que debían aprender a competir y vivir en otro país.

El Dépor terminó tercero en la temporada 1992-1993. El cambio de aspiraciones fue inmediato, pero la relación de Mauro con el club duraría mucho más que aquel primer impulso. Se quedó hasta el 2005, mientras alrededor cambiaban los técnicos, los atacantes y las exigencias de cada competición.

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Un solo gol y una tarea que no se medía por el remate

El 15 de enero del 1994 empató un partido en Valencia con un remate de zurda. Voro había prolongado de cabeza un balón rechazado por la defensa local. Bebeto y Claudio completaron después el 1-3. Sería el único gol de Mauro con la camiseta blanquiazul, una rareza que acabó convertida en un recuerdo compartido por la afición.

En una entrevista de Riazor.org explicó que su labor no era marcar. Tampoco había pedido a Donato lanzar penaltis: su compañero era el especialista. Esa distribución de responsabilidades tenía sentido en un conjunto con talento suficiente cerca del área. Mauro aportaba el equilibrio que necesitaban los demás para ocupar posiciones más adelantadas.

La cifra resume poco de su influencia. Disputó 369 partidos de Liga con el Deportivo y fue titular en el 2-0 al Espanyol que aseguró el campeonato del 2000. Entre los dos datos hubo un recorrido de continuidad que permitió a los entrenadores construir distintos equipos alrededor de un mismo mediocentro.

Las lesiones también pusieron en duda su continuidad

El Mundial del 1994, que ganó con Brasil, tuvo una prolongación difícil. En su despedida explicó a El País que los viajes y los partidos le habían impedido curar bien las lesiones. Después sufrió una rotura del tendón rotuliano y un problema óseo en el tobillo que llegó a hacerle temer por su carrera.

Lendoiro le ofreció renovar en un momento de incertidumbre física. Mauro citaría ese respaldo entre las razones que pesaron cuando recibió ofertas para marcharse. Su permanencia combinaba el proyecto deportivo, el bienestar de su familia y una relación con el club que había ganado profundidad durante los años más complicados.

En julio del 2000 anunció que debía volver a Brasil por asuntos familiares. La noticia llegó justo después de conquistar la Liga y cuando el equipo preparaba su estreno en la Champions. Finalmente siguió en A Coruña. La temporada siguiente añadió otra etapa a una relación que estuvo cerca de interrumpirse en pleno éxito.

El centro del campo de la remontada al Milan

El 7 de abril del 2004 compartió la medular con Sergio González en el 4-0 al Milan. La crónica de El País destacó el trabajo de ambos para recuperar el control cuando el partido se aceleró. Pandiani, Valerón, Luque y Fran marcaron; detrás hubo un centro del campo que sostuvo el esfuerzo de la remontada.

La eliminación del campeón europeo llevó al Dépor a las semifinales. En Oporto, sin embargo, Mauro recibió una amarilla que le impidió jugar la vuelta. El 0-0 dejaba abierta la eliminatoria, pero Irureta debía resolver el encuentro decisivo sin él y sin Jorge Andrade, también sancionado. La ausencia afectaba a dos piezas centrales de su estructura defensiva.

No se puede atribuir una eliminación a una sola baja. Sí permite entender qué perdía el equipo: un jugador habituado a ordenar las distancias y enlazar con los compañeros de ataque. A los 36 años seguía formando parte del once que competía a las puertas de una final europea.

La despedida de un oficio

Se retiró en el 2005, el mismo año que Fran dejó el Deportivo. En una entrevista con la UEFA explicó que el cuerpo había empezado a poner límites y que no quería defraudar a quienes confiaban en él. Cerró trece temporadas con una Liga, dos Copas del Rey y tres Supercopas.

Su trayectoria permite leer la historia del equipo desde otra posición. Bebeto, Makaay y Tristán cambiaron el nombre del goleador. Los pasadores también fueron sucediéndose. Mauro permaneció en la zona desde la que podían recibir en mejores condiciones. Recuperar la pelota y entregarla a tiempo fue su forma de participar en las grandes jugadas del Dépor.

Reto · Mauro Silva y el Dépor

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