Llegó en el verano del 1993 con dudas sobre su edad. Acabó levantando los seis títulos de la etapa más brillante del club, primero junto a Mauro Silva y después desde el centro de la defensa.

El córner de Víctor Sánchez encontró a Donato en el área del Espanyol. Era el 19 de mayo del 2000 y Riazor volvía a jugarse una Liga en la última jornada. El brasileño cabeceó el primer gol de una victoria que Roy Makaay completaría con el 2-0. Tenía 37 años. Habían pasado siete desde un fichaje recibido con dudas sobre cuánto fútbol podía quedarle.
La imagen permanece, pero el remate solo cuenta una parte de su historia. Para llegar hasta aquella noche había tenido que hacerse sitio en el centro del campo, adaptarse a la defensa y responder a entrenadores que discutían su continuidad. El Dépor cambió de técnicos, compañeros y aspiraciones. Él siguió encontrando una función.
Treinta años y un sitio por ganar
En el verano del 1993 llegó desde el Atlético de Madrid a un Deportivo que acababa de terminar tercero. Arsenio Iglesias ya tenía a Mauro Silva en la medular y a Bebeto como referencia del ataque. La edad del recién llegado alimentó las reservas: treinta años podían parecer muchos para un refuerzo que debía sostener el crecimiento del equipo.
La primera temporada dio una respuesta inmediata. Marcó diez goles en Liga y asumió lanzamientos de penalti. También aportó continuidad al juego de una zona en la que compartía responsabilidades con Mauro y Fran. El centro del campo de Arsenio podía recuperar, conservar y encontrar a los delanteros. Donato añadía pase y disparo a ese trabajo.
La complementariedad con Mauro importaba más que la coincidencia de nacionalidades. Donato tenía técnica para intervenir en la salida y un golpeo que obligaba al rival a atender también lo que ocurría fuera del área. Años después elegiría a su compatriota, en una entrevista de La Voz de Galicia, como el compañero con el que mejor se había entendido. Habían compartido diez temporadas y una amistad.
El balón que quiso disputar en la final del 1995
La Liga del 1994 se escapó con el penalti de Djukic ante el Valencia. Donato, el lanzador habitual, ya había sido sustituido. El desenlace quedó asociado a una ausencia: cuando llegó la oportunidad decisiva, quien solía asumir esa responsabilidad no estaba en el césped.
Un año después, el mismo rival apareció en la final de Copa. La tormenta obligó a suspender el partido y a reanudar sus últimos minutos tres días más tarde. Según relató en su biografía, recogida por Riazor.org, pidió a Arsenio disputar el bote neutral del reinicio. Consideraba importante ganar ese primer balón. Se lo llevó ante Roberto y, poco después, Alfredo marcó el tanto del primer título del club.
Su intervención no figuró como un gol ni como una asistencia. Formó parte de la manera en que el equipo afrontó aquellos minutos: salir a disputar la final desde la primera acción. El recuerdo ayuda a entender su papel entre futbolistas más asociados al regate o al remate.
De la medular a la pareja con Naybet
La capacidad para jugar como mediocentro y central alargó su recorrido. En la defensa trasladó cualidades que había utilizado por delante de ella: lectura de la jugada, precisión en el pase y decisión para anticiparse. El cambio de posición le permitía seguir participando en la construcción, además de defender el área.
Con Javier Irureta, el Deportivo campeón contó con él en una zaga en la que Naybet era una pieza principal. El propio Donato recordaría al marroquí como su compañero en el centro de la defensa. Su experiencia tenía utilidad concreta en un equipo que podía reunir la salida de balón de los zagueros, el equilibrio de Mauro y los recursos ofensivos de Djalminha.
El gol al Espanyol también tuvo preparación. Donato contó que había ensayado durante la semana con Víctor Sánchez aquella acción a balón parado. Un pequeño movimiento para separarse de su marcador bastó para poder rematar. La jugada que abrió la noche del título había pasado antes por el entrenamiento.

La edad volvió a discutirse después de la Liga
El campeonato no le aseguró un puesto permanente. En una entrevista de Riazor.org explicó que le molestaba que la edad apareciese como argumento para apartarlo del once. Su respuesta fue seguir entrenando y esperar oportunidades. El apodo de «Abuelo» convivía con una exigencia que él seguía midiendo por el rendimiento.
Sus últimos meses tampoco fueron una despedida sin conflictos. En abril del 2003 se negó a viajar a Mallorca al prever que no sería titular. El episodio tensó la relación con Irureta. Dos semanas después volvió al equipo en Málaga y marcó de cabeza con cuarenta años, según la crónica contemporánea de El País.
Jugó su último partido el 21 de junio del 2003, otra vez frente al Espanyol. Contó a Relevo que entonces no sabía que sería el final y que recibió más tarde la noticia de que el club no contaba con él. Se marchó tras diez temporadas y con una Liga, dos Copas del Rey y tres Supercopas en su palmarés blanquiazul.
Entre el fichaje del 1993 y ese último encuentro había acompañado dos versiones del Deportivo: el Superdépor de Arsenio y el equipo campeón de Irureta. Su permanencia se explica por lo que pudo aportar a ambos, en posiciones distintas. El cabezazo del 2000 fijó su lugar en la memoria de Riazor; los años anteriores y posteriores explican por qué seguía allí para marcarlo.