Sus desmarques encontraron socios en Djalminha y Valerón. En cuatro temporadas pasó de llegar desde un Tenerife recién descendido a ganar la Liga y despertar el interés del Bayern.

La Bota de Oro del 2003 llevaba el nombre de Roy Makaay, pero el delantero quiso que el reconocimiento llegara también a sus compañeros. Encargó al joyero neerlandés Hans Aalbers 26 réplicas para agradecerles su contribución. Los 29 goles de Liga habían premiado al rematador; el regalo reconocía a quienes habían participado en las jugadas.
Entre los destinatarios estaba Diego Tristán, su competidor por el puesto, según recordaría Público. El gesto tenía un significado especial en una delantera con tanta calidad como disputa por los minutos. Makaay había sido campeón, suplente y máximo goleador durante sus cuatro temporadas en A Coruña. Ninguna de esas etapas se entiende sin el equipo de Javier Irureta.
Del descenso del Tenerife a la Liga del Dépor
Llegó en el verano del 1999 desde un Tenerife que acababa de perder la categoría. Había marcado 14 goles en aquella campaña, suficientes para despertar el interés del Deportivo. Tenía 24 años y experiencia en la Liga española, pero aún debía demostrar qué podía aportar a una plantilla que aspiraba a competir por arriba.
La respuesta llegó en el estreno liguero ante el Alavés: tres goles y una asistencia a Djalminha. Una de aquellas acciones ya mostraba su juego: arrancó lejos del área, avanzó por la izquierda y resolvió ante la salida del portero. La velocidad le servía para llegar; la precisión, para terminar la carrera.
Acabó la Liga del 2000 con 22 tantos. El último fue el 2-0 al Espanyol, el 19 de mayo, en el partido que aseguró el campeonato. Donato había abierto el marcador tras un córner de Víctor Sánchez. Makaay dio margen al conjunto coruñés para afrontar el resto de la noche que llevaba seis años esperando desde el desenlace del 1994.
Decidir antes de que se cerrara el espacio
En una entrevista de El País, publicada en marzo del 2003, explicó su forma de jugar: «intento decidir muy rápido y que la jugada no dure mucho». La frase describía el valor de sus movimientos. Buscaba la espalda del defensa, orientaba la carrera hacia el pase y reducía el tiempo entre recibir y disparar. Su ventaja se construía antes del remate.
Ahí encontraba a Djalminha y a Juan Carlos Valerón. El brasileño recordaría en Panenka que no necesitaban mirarse para entenderse. El pasador podía buscar una ruptura que ya estaba en marcha; el delantero sabía que el balón podía llegar al espacio. Esa conexión daba profundidad al fútbol de un equipo que también tenía en Fran una vía para crear ocasiones.
Tristán cambió el reparto de los minutos
La llegada del sevillano en 2000 abrió una competencia que Irureta administró con rotaciones y cambios de posición. Makaay tuvo que actuar en la banda derecha y aceptar partidos desde el banquillo. La Copa del Rey del 2002 formó parte de su palmarés, aunque la final del Centenariazo la vio entera como suplente.
En la campaña siguiente cambió la jerarquía del ataque. Su rendimiento le devolvió protagonismo, mientras Tristán atravesaba un curso más complicado. No desapareció la rivalidad deportiva: en junio del 2003 los dos reconocieron públicamente la dificultad de seguir compitiendo por el mismo puesto. El premio individual de Makaay llegó dentro de ese contexto, no al final de cuatro años de titularidad indiscutible.

Múnich mostró lo que Valerón y él podían hacer
El 18 de septiembre del 2002, el Dépor ganó 2-3 al Bayern en el Olímpico de Múnich. Makaay marcó los tres tantos, pero las jugadas mostraron también el trabajo que necesitaba para recibir en ventaja. Valerón le puso en camino hacia el primero; Héctor Berenguel llegó por la derecha y sirvió el segundo con un centro raso.
El Bayern remontó el 0-2 hasta empatar. Entonces apareció de nuevo la asociación con el mediapunta: un pase desde la zona central encontró la carrera de Makaay entre los defensas y el neerlandés batió a Oliver Kahn. La victoria convirtió el estadio alemán en una demostración de su entendimiento. Un año después, el rival que había sufrido sus movimientos sería su nuevo club.

Un premio individual con agradecimiento colectivo
La temporada 2002-2003 terminó con el Deportivo tercero y clasificado para la Champions. Makaay fue Pichichi con 29 goles, igualando la cifra liguera que Bebeto había alcanzado una década antes. Sus 58 puntos en el baremo europeo le dieron la Bota de Oro.
En agosto del 2003 se cerró su traspaso al Bayern por 18,75 millones de euros, después de diferencias entre los clubes sobre las condiciones de la operación. Dejaba una Liga, una Copa del Rey y dos Supercopas. En Alemania seguiría explotando los desmarques y la rapidez de ejecución que habían distinguido su etapa blanquiazul.
La despedida también dejó aquellas réplicas. El futbolista que había pasado temporadas midiéndose con otro delantero por el puesto quiso reconocer a los demás cuando recibió su mayor premio individual. En los salones de sus compañeros quedó una parte del recuerdo: la bota de quien terminaba las jugadas, entregada a quienes lo habían ayudado a empezarlas.